Un llamado a la represión

Un llamado a la represión

POR TOMÁS MONTEMAGNO
FOTO POR CHARLY DIAZ AZCUE

Luego de los hechos ocurridos a las afueras del congreso, tanto del jueves 14 como del lunes 18, brotaron en las redes sociales y en la opinión pública cientos de comentarios racistas y cargados de odio. ¿Cómo entender a los que piden “palo” ante cualquier acción que atente contra el orden?

Es lógica la lectura de ciertas personas, reflejadas en sus cuentas vía redes sociales, respecto a los hechos ocurridos el jueves 14 y el lunes 18 en las afueras del congreso. Se basan en el sentido común[1], es decir en una reflexión ahistórica, acrítica y apolítica, y en las categorías de análisis propuestas por los medios; por un lado, el manifestante (reclamador legítimo) que puede ser violento (no trabaja y quiere generar caos), y por el otro, la policía (garantiza el orden por lo cual su violencia está legitimada). El manifestante entonces puede ser clasificado como violento, no así el uniformado, y la violencia que puede ser legítima o desestabilizadora según quién haga su uso. La taxonomía de los manifestantes funciona por oposición y su articulador es la violencia: el que reclama es un trabajador y su reclamo legítimo, pero cuando hace uso de la violencia se transforma inmediatamente en un vago con fines desestabilizadores.

La lectura termina siendo muy evidente y lógica: El manifestante que haga uso de la violencia es un violento, mientras que el policía que haga uso de la violencia pretende garantizar el orden. Pero para que esta lectura termine siendo efectiva, es decir, genere un efecto de opinión sobre el hecho, creo que precisa de otros elementos que no aparecen explícitos en el mensaje; debe activar imágenes presentes en el imaginario colectivo.

FOTO POR LORENZO MACAGGI

Los medios, aunque las proponen, no son los “inventores” de estas categorías analíticas de las que se valen los receptores de las noticias para emitir una opinión. Apelan a un universo simbólico conocido por su audiencia, es decir, al imaginario colectivo. Siguiendo a Backzo[2] “el imaginario social es el conjunto de representaciones colectivas de la realidad social, que no son simples reflejos de ésta. Estas representaciones son inventadas y elaboradas con materiales tomados del caudal simbólico, e impactan sobre las mentalidades y los comportamientos colectivos”. Para que los receptores de las noticias puedan reconocer en un manifestante que tira piedras a un vago y desestabilizador -o sea a un violento- debieron haber aprehendido qué significa esta figura en la sociedad argentina. Creo, entonces, que para que esta lectura propuesta por los medios sea efectiva debe apelar a imágenes reconocibles por la sociedad. Arriesgaría, a modo de hipótesis,  que la representación que los medios hicieron de estos hechos, y que permiten clasificar al manifestante como violento y a las fuerzas como garantía del orden, funciona en asociación a las imágenes preexistentes del peronismo y lo plebeyo. Se trata de una tradición que entiende en una manifestación un atentado hacia el orden, y al peronismo el principal precursor de las manifestaciones. Es aquella creencia de que el peronismo si no gobierna, desestabiliza, intimida y golpea a través de las calles. Lo plebeyo dota al manifestante de vagancia y se opone a la identidad de la clase media trabajadora; están en la marcha porque son negros que no quieren trabajar.  Ezequiel Adamovsky, en un análisis del debate público respecto al caso Maldonado para la revista Anfibia, entre los rechazos al reclamo remarcó la presencia del temor a la alteración de la jerarquías sociales por exceso de lo plebeyo en comunión al peronismo: “A su vez, un hombre que increpó a un grupo de vecinas mientras pintaban un mural por Maldonado les gritó: ´Son unos conchudos que están al pedo y entonces se juntan. Hay que buscarse la pala ¡Laburen!´. Como si el caso, por relación con el kirchnerismo/peronismo, hubiese activado los tradicionales prejuicios morales contra los pobres. Como si reclamar por Santiago pusiese en cuestión el lugar de superioridad de los decentes, de los que se ganan su propio pan, amenazados por los vagos y malentretenidos de siempre”

Este mismo mecanismo opera sobre algunas opiniones de los que leen y observan las noticias respecto a los hechos del jueves y del lunes. El acercamiento con lo real es a partir de los medios y no a partir del contacto directo con el grupo de vecinas pintando como el caso que citaba Adamovsky. Pero los medios se ocupan de representar la realidad de modo tal que estas imágenes encuentren un correlato natural con las categorías propuestas; dejan una lectura cuasi servida: se enfatiza en los piedrazos, los policías heridos, se los llama vándalos y violentos. Los medios no proponen, por ejemplo, una lectura que legitime la violencia de los manifestantes (como sí lo hace de la policía) ya que por medio de la violencia nunca se puede defender a un jubilado (ni a nadie). Un manifestante tirando piedras no puede ser más que un violento (vago y generador de caos), por lo tanto, el vínculo entre el jubilado y el violento sólo es posible como una excusa del violento para desestabilizar al gobierno. En el vocabulario de los medios el único piedrazo legítimo es aquel que garantiza el orden, pero nunca el que lo pone en riesgo.La combinación de imágenes prexistentes en el imaginario (la de plebeyo y peronista) es tan potente que, ante la recepción de los hechos representados por los medios, algunos expresaron su odio visceral, de tipo racista, del más retrógrado de la sociedad argentina. Los feeds de Facebook y Twitter colapsaron de negros, negradas, delincuentes que merecen ir presos, policía indefensa, muertes plantadas al gobierno, golpe de estado, vagos vayan a laburar y otras cosas que leí. Enseguida el gobierno, que está impulsando una ley de ajuste contra los sectores más vulnerables y en sintonía a una receta propuesta por el FMI (¿recuerdan el consenso de Washington?), contó con la protección de gran parte de la opinión pública, que ya dio su veredicto: ¡Repriman a cualquier negro que se ponga en el camino!

[1] Dice Gramsci que “el sentido común es la filosofía de los no filósofos. Una concepción del mundo absorbida acríticamente por el hombre medio”.

[2] Backzo, Bronislaw (1991), Los imaginarios sociales, Buenos Aires, Nueva Visión.

[3] http://www.revistaanfibia.com/ensayo/que-hacer-con-microfascismo/

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