¿Quién teme a Oscar Wilde?

¿Quién teme a Oscar Wilde?

POR FACUNDO ULLMANN

El escritor irlandés ocupa un puesto indiscutible en la historia de la literatura. Sus cuentos disfrazan complejas ficciones morales pero llegan a asumir un aspecto tenebroso.

Oscar Wilde fue a la vez un dandy que vivió a destiempo de las ideas de su época aunque íntimamente ligado a la sensibilididad estética. Nadie más que él logró advertir el valor del arte para transformar la realidad. Esa actitud lo llevó a dictaminar que “el artista es capaz de expresarlo todo” (Dorian Gray). Esa postura lo impulsó también a afrontar el mundo con total desprecio e insolencia. Allí donde perseguía las formas de la perfección terminó por encontrar su propia desgracia. El origen de la tragedia de Wilde radica en que debió aniquilar su impulso vital para alcanzar la Belleza.

Desde los márgenes de la sociedad victoriana, el caballero de Dublín buscó agotar todos los placeres y los apetitos mundanos sin renunciar a ninguna experiencia. Su vida estuvo atravesada por la desidia y los hábitos del mal, descubriendo sin embargo un refugio apacible en la literatura. La obra de Oscar Wilde quedó compensada por el amor y el sabor de la poesía. Lejos del pecado o la perversidad, consideró que “arrepentirse de un acto es modificar el pasado” (De Profundis).

Ilustración por Agustín Coria

Tras una creciente fama de sus primeras composiciones, La casa de las granadas es una colección tardía de cuentos y narraciones fantásticas que vislumbra el esplendor de la técnica literaria de Oscar Wilde. Nada contrasta con la orfebrería lingüística y el juego simbólico de esos relatos. La imaginación conduce al lector a través de sueños, laberintos y paisajes desconocidos que arrastran resonancias de las aventuras de Las mil y una noches. Las cuatro alegorías que conforman este volumen tratan, entre otros temas, sobre la moral, el sufrimiento humano y el papel de los sentimientos. El mensaje central de esta obra de Wilde es ante todo vindicar la pureza del espíritu.

Una lectura más profunda de La casa de las granadas nos invita a considerar la curiosa tesis de Leibniz según la cual la noción de cada individuo encierra a priori todos los hechos que a éste le ocurrirán. Así, el pescador logrará expulsar a su alma en busca del Amor pero retornará a aquella contaminando su inocencia con nuevas tentaciones, y la fábula del niño-estrella presagia que el joven encontrará al fin a su madre a pesar de haberla antes rechazado. Todo está contenido en la persona. El problema de la determinación recupera los principios causales del ser y anuncia que lo bello carga en sí mismo algo de perverso. Wilde abandona con esto sus ideales libertarios para convertirse a las filas del decadentismo y el cultivo de la frivolidad.

Existe en Oscar Wilde una inquietud por lo sintomático que amenaza constantemente sus historias. Los cuentos de La casa de las granadas sugieren aparentemente una lección sobre las buenas conductas pero tienden a resaltar mejor los vicios y la crueldad. Esas oscuras cuestiones presionan en la superficie de sus textos y se convierten en elementos tenebrosos que inciden sobre la trama hasta transformar la obra en una pesadilla recurrente. El encanto y la felicidad de sus versos quedan sustituidos por una nueva concepción pesimista del hombre. La fascinación por la maldad, el engaño, la atrocidad, la apatía, y la traición, consiguen finalmente dominar la obra de Oscar Wilde. Siguiendo con esta imprudente idea, “El cumpleaños de la Infanta” narra la frustración de un enano encargado de divertir a la hija de los reyes hasta que descubre que lo que él consideraba una amistad invulnerable era en realidad burla por parte de la niña.

Ahora bien, si la literatura era el único refugio sagrado que disipaba los impulsos salvajes de Wilde… ¿qué sucede entonces con estos relatos? Creo haber encontrado una sencilla respuesta para esto: existen ráfagas e intersticios literarios en los que Oscar Wilde muestra la verdad de sus pasiones. Tales destellos sugieren que los caracteres de la ficción cargan consigo los deseos ocultos del autor. El escritor y su obra son inseparables. Ante la antigua pregunta “¿Qué tiene que ver el artista con la pieza que produce?” La casa de las granadas sigue los espirales de la imaginación de Wilde y alcanza sus rincones más ensombrecidos para entregarnos unos cuentos infames. Probablemente, el motivo principal que gobierna su literatura no sea otro que reconocer las miserias humanas.

El final de nuestro caballero es catastrófico. Repudiado por la crítica y acusado de pervertir a la juventud, Oscar Wilde continuó forzando su vínculo con el mundo hasta caer en una agonía vital. Intentó liquidar la sociedad y la realidad que lo rodeaba, pero terminó por convertirse en un fantasma desdeñado. En ese estado siniestro se precipitó el desenlace trágico: encontró la Belleza en su propia muerte.

Oscar Wilde decidió enfrentar a la humanidad con un gesto sublime. Desafió a todos y se creyó invencible. Lo ha perjudicado la perfección; por eso resulta imposible imaginar su grandeza intrínseca. El escritor y su obra, dijimos, no se pueden separar. De ahí que las últimas palabras de la Infanta llevan la furia y la marca de estilo de su gloria personal:

  • De ahora en adelante, que los que vengan a jugar conmigo no tengan corazón.

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