Favela Tour: Los pobres como souvenir

Favela Tour: Los pobres como souvenir

POR TOMÁS MONTEMAGNO

Hicimos un paseo turístico por las favelas de Río. Seguridad como mercancía y comercialización de la pobreza.

A las 15:00 hs nos pasó a buscar la camioneta. Éramos los últimos en subir.  Nos esperaba un grupo de cuatro tucumanos, una cubana excitada y un par de gringos con arrugas. El guía: un brasilero, morocho y pelado, que sufría el calor y se tocaba la cara continuamente a la vez que explicaba exaltado la historia de Brasil. La primera visita fue al Parque Nacional Tijuca dónde nos masturbamos con la increíble vista del mirador chino y contemplamos una cascada rodeada de matta carioca.

Luego el guía advirtió: “Ahora vamos a conocer la favela más grande del mundo, ¡ la Rocinha!” . Enseguida la cubana mostró preocupación: “¿No es peligroso, no?”. El guía negó rotundamente y continuó con un intento desmitificador de la pobreza: “No vamos a ver animales, ni una  especie exótica, ni gente peligrosa, vamos a ver personas, son gente común, como nosotros, trabajadora y que no tiene nada que ver con la delincuencia”   Me percaté que apenas contratamos el tour le había expresado a mi novia que me molestaba ir a visitar una villa como si sus habitantes fuesen animalitos pero que me interesaba hacer la crónica.  Cruzamos miradas cómplices y lanzamos una sonrisa.

Prosiguió nombrando a los barrios pobres según su nomenclatura en varios países del mundo y explicando el origen del nombre favela y cómo surgieron en Brasil. Contó que inmigrantes del norte se instalaron en Río y cultivaban favelas, que es una planta, entonces se referían a estos inmigrantes como los que “viven dónde hay favelas”.

La lluvia pegaba fuerte contra la camioneta y el camino se hacía cada vez más barroso. El guía mencionó la película Ciudad de Dios y dijo que se trató un momento específico del narcotráfico y que estaba Pablo Escobar detrás. Después le pegó a los medios de comunicación: “Yo viví en Estados Unidos y cada noticia referida a Brasil tenía que ver con robos, asesinatos y delincuencia. Siempre se centraban en lo negativo. Luego pasaban publicidades para veranear en Cancún y el Caribe”. Se tocaba la cara y secaba la transpiración.

El paisaje empezó a transformarse y entre morro y lluvia llegamos a un epicentro comercial de casas apiñadas y coloridas conectadas por un laberinto de pasillos en subida y gente en ojotas que los transitaba. “ Las pintadas de colores son como en la Boca “ enseñó el guía. También aclaró que él vivió en la Rocinha y que nunca le pasó nada y que de hecho es el lugar más seguro de Río. “¿Vos vendrías acá sólo de noche?” me preguntó mi novia. Quería comprobar si el intento desmitificador del guía había tenido efecto. Ni loco, le contesté.

La van comenzó a trepar el morro de la pobreza. A los costados se veían muchísimos comercios explotados de consumo. Desde peluquerías, bares, almacenes, supermercados, locales de tecnología y hasta cajeros automáticos. “La Rocinha tiene hasta un banco, y ¿saben qué? es el único banco que nunca robaron” continuó el guía. Nos preguntó si queríamos meternos en una de las terrazas de las casas así íbamos a tener una vista espectacular de Río, pero luego se arrepintió por el exceso de lluvia.

Descendimos de la camioneta en un camino de tierra, que ya era barro, con un par de locales lindando. Parecía que todos esos locales nos esperaban.  Uno de ellos, era una especie de carpa que  vendía unos lienzos con pintadas de la favela y del Cristo.  Pegado había un pequeño puesto de caipirinhas a buen precio dónde colgaban unos parlantotes que tronaban música popular brasilera.  En frente, algo similar a un galpón pequeño que vendía bebidas alcohólicas y tenía un minibillar en el que tres faveleros se divertían. Había una tele prendida con una novela.  Encima de estos locales se erguía una montaña de casillas de colores, todas de material. También había innumerables pasillo por los cuales se accedía a las casas.

Las gotas eran incesantes. Los turistas bajamos y comenzamos a tomar fotos. El primer acercamiento con los habitantes fue comercial. Ellos vendedores, nosotros holgazanes consumistas de verano. Al principio nos refugiamos debajo de la carpa que vendía los lienzos y nos quedamos allí con timidez. Luego el guía nos sugirió tomar algo. Cruzamos la calle y nos adentramos en el galponcito del minibillar. Una cerveza cada uno. En ese momento me sentí un poco estafado. La gente jugaba al billar  y tomaba caipirinha tranquila. No había nada extraño en ello. No pude encontrar diferencias profundas con cualquier cantina de Buenos Aires.  Yo podría venir a este galponcito por mis propios medios pensé. Pero la verdad es que ningún turista atormentado de fobias simbólicas tiene los huevos para adentrarse a una favela sólo. Contemplé el paisaje. Ahí estábamos mezclados con los pobres de Brasil sacándole fotos a todo.

El Favela Tour me hizo pensar en estas grandes paradojas propias del capitalismo. Por ejemplo cuando la industria cultural hollywoodense te propone películas anti sistema.  Recuerdo In time con Justin Timberlake , un film re contra orwelliano. In Time es una peli de ciencia ficción que plantea una sociedad dónde en vez de dinero se intercambia tiempo. Es decir que si en esa sociedad eras pobre, vivías al día, con un puñado de minutos antes de morirte. Los millonarios, en cambio, tenían millones de años para habitar el mundo. In time fue, además de una película,  un negocio millonario que se difundió por todas las salas del mundo, atentando contra las culturas locales en nombre del vil metal, cuyo contenido sugería que la desigualdad capitalista es lo más siniestro que existe. Loco que una industria millonaria nos muestre contenido en contra de la desigualdad y que nos haga reflexionar que injusto que es el mundo. Quizás eso sea la fuente estimulante para consumirlo: un micro espacio de dos horas frente a una pantalla para procesar la mierda de la existencia humana antes de arrojarnos a la rueda de ratón. Lo mismo pasa con los recitales masivos de Roger Waters, dónde nos cuenta de las paredes de la opresión y al mismo tiempo nos divide el campo según el poder adquisitivo de cada uno.

Con Favela Tour sucede algo similar.  Se vende con el slogan de volverte más humano. Te advierte que no vas a ver animales. Te propone un acercamiento hacia el otro. Intenta despojarte de todos los mitos que rodean al favelero. Pero esencialmente es un tour.  La contradicción es tan fuerte que los guías tienen que gritar a los alaridos que somos todos humanos y que no hay nada de que temer, que los faveleros tienen que hacernos sentir como en casa, como simpáticos vendedores de artesanías, y que la camioneta tiene que ir con todas las ventanas abiertas y sin blindaje.

Esta dialéctica entre tour/ humanización me hizo preguntarme por la parte silenciosa de la misma, es decir, el tour. Todos estos alaridos e intentos por acercarte al otro respondían a un silencio que, evidentemente, sonaba muy fuerte.  Es que el silencio se escucha mucho. ¿Por qué necesitamos de Favela Tour para conocer la favela? Ésta es la parte que hacía ruido y no se esclarecía. Si el otro es tan humano, es tan parecido a nosotros, ¿Para qué necesitamos de ustedes? Favela Tour detectó una necesidad, puramente simbólica, en nosotros y la comercializó. Esta necesidad, que nosotros también mantuvimos en silencio, era seguridad. Necesitábamos algo que nos atenúe  las fobias y preceptos hacia el otro,  un intermediario que nos garantice que si los salvajes se salen de control íbamos a estar acompañados y bien asesorados. Si para acceder al Parque Tijuca, el tour nos ofrece comodidad y transporte, para conocer la Rocinha, además de comodidad y transporte, nos provee seguridad. Esto es lo que no se decía pero todos sabíamos. Para eso no necesitábamos milicos con escopetas, simplemente con ir en manada y  con un guía, supuestamente bien curtido, nos alcanzaba (algo progre tenés que ser).

¿Qué experiencia me llevo de Favela Tour? Una bazofia que  se proclama como un acercamiento antropológico hacia el otro pero lo que verdaderamente vende es seguridad. De hecho, del otro no aprendí nada. Todo era una postura mediada por un tour. Tampoco alcanzaba el tiempo para conocerlo. No conocimos ni sus prácticas, ni entendimos su cultura.  No me desmitificó nada. Ya sabía que eran personas y no animales los que vivían en las favelas. Para nada me humanizó. Sigo siendo el mismo hijo de puta.  Tampoco me sacó los miedos. Lucró con mis miedos. Lo único que rescato es que fue más reconfortante estar ahí en manada que sólo. Me vendió algo de seguridad.

Lo que si me humanizó, un poco, fue otro acercamiento con dos pobres sin favela tour de por medio. Estábamos  comiendo una sandía en una plaza en Ipanema. Dos morochos, mujer y hombre, con cara de crack y poxipol nos vieron y se dirigieron a nosotros. Inmediatamente me atacaron los miedos. Lo primero que pensé fue que nos iban a robar. Así que apenas se acercaron, no llegaron ni a decir nada, que les entregué la sandía. Mandibuleando me dijo en portugués lo que entendí como “pero vos también estabas comiendo”.  Bueno, pero no la puedo cortar le repliqué. Ambos se fueron a buscar un cuchillo a un local sobre la avenida. Volvieron con una cuchara de plástico. La miré y me empecé a reír. Ellos también se rieron con nosotros.  Les corté un trozo con la mano.  Me agradecieron y comieron al lado nuestro. La deglutieron más que comieron.  Sin tours de por medio, en contacto directo con el otro, se esfumó el mito de un delincuente salvaje por el de un respetuoso ciudadano que, aun pasando hambre y siendo un marginado social, no quería que dejáramos de comer. Sólo quería una pequeña porción. Eso sí que fue humano.  Sin nadie que nos hable de ellos, ni un medio de comunicación, ni un guía de favela tour. No fueron necesario 75 reales para costear una camioneta. Con compartir una sandía alcanzaba.

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