La revolución letrada

La revolución letrada

POR MATÍAS MEDICI

Un entrevistador inquieto conversa sobre literatura con Enzo Maqueira. Con tres novelas publicadas y una agudeza intelectual voladora, Maqueira nos invita a pensar el presente y la importancia de la escritura en la era de las comunicaciones.

Llegué casi diez minutos antes de lo acordado, después de un fugaz paso por un maxikiosco, donde había comprado pilas para el grabador y un Philip común. No podía ser tan puntual. Decidí caminar un poco antes de tocar el timbre. Me metí por Estado de Palestina y di una vuelta a la manzana. En mis auriculares sonaba “Resurrección” de Heroicos Sobrevivientes. Las verdulerías se erigían como antiguas ferias, desplegando sus texturas y permitiendo que los olores se tamicen con el de las aguas barrosas de la calle. Algunas viejas jorobadas se arrastraban hacia el almacén con sus bolsas de plástico cosidas. Un instante de lucidez me colmó: aún existen barrios en la Capital. Faltaban tres minutos para la cita y debía esperar al menos cinco o siete (como si llegar 15:04 definiera mi personalidad de diversa manera que llegar a las 15:00). Estaba secando el cigarro frente a un supermercado chino; una de sus entradas, tapiada por un portón cerrado, se hallaba sobrepoblada de grafitis, algunos de los cuales me llamaron la atención: “Empatía”, “Rave”, “Rola”. Símbolos todos que había recabado en mi colección mental después de leer sobre su persona, ya sea en sus libros o sus entrevistas. ¿Acaso Almagro era la meca de la Electrónica y yo no estaba enterado? ¿Acaso me iba a encontrar con el gurú de la techno y un profeta dionisíaco de las drogas sintéticas? Los acordes atorrantes y viciosos de los Heroicos me recordaron que, a pesar de la cercanía generacional que nos unía, mi palo era otro (¿y con este antagonismo infame intentaba definirme?). En mis anotaciones tenía algunas preguntas que pretendían ir más allá de la fiebre Warp por la que muchos medios lo habían consultado. Esto no era coyuntura. Había algo más. Por lo menos, así lo sentí después de leer tres de sus libros en pocas semanas.

Estaba nervioso. Era mi primera entrevista y tenía que simular experiencia. Toqué el timbre. Los colectivos en Corrientes se topaban en las esquinas. El viento aceleraba el proceso del tabaco. En un pequeño lapso que duró casi un minuto antes de la respuesta, cruzó por mi cabeza una inocente ilusión: que me atendiera la novia (a quien había espiado por fotos en FB) y me dijera que él no se encontraba, que me podría quedar con ella, y tal vez… Finalmente me respondieron. ¿Sí? ¿Enzo?, soy Matías. Ahí voy. Volvió a tardar bastante pero esta vez en bajar, y abrió la puerta con la astucia del colgado o la del auténtico despreocupado. Caminaba como si recién se hubiera despertado. Era casi de mi altura aunque más raquítico. Vestía un sweater medio hippón y un chupín. Subimos dos pisos por una escalera de mármol que parecía que nunca le hubiera pegado el sol, hasta alcanzar una puerta de hierro, mientras me contaba que los viernes no trabaja, que tal vez los dedica a alguna entrevista. Ingresamos en su hogar: una vieja casona de simetría irregular pero simpática. Nos ubicamos en una suerte de living que reposaba sobre una alfombra y estaba recortado por una escalera en forma de “L”, dirigida hacia un medio piso. Un cuadro fanzine de una máquina de escribir colgaba en la pared, una par de inciensos prendidos me recordaron a Plaza Serrano, y había una bicicleta playera debajo de un enorme ventanal (que tal vez diera a un pulmón). Dentro de la sobriedad pequeños rasgos decorativos. Tal vez así luzcan las casas de los artistas modernos, pensé mongólicamente. Me ofreció café.

Hablamos unos minutos sobre el movimiento alternativo que se percibe en la web. Yo todavía no me había animado a encender el grabador, hasta que llegó un momento en el cual me sobrepuse a la timidez para comenzar con el orden estricto que había estipulado. Se detuvo en el aparatejo: “Está bueno, medio vintage”.

Cito a Ortega y Gasset: una comparación que hizo en un ensayo entre europeos y argentinos, detallando que los primeros se empeñan en escribir antes que en ser escritores, mientras que los segundos desean ser escritores antes que escribir. Cuando ahora vuelvo a escuchar la grabación no puedo entender cómo soné tan formal. Me contesta que era costumbre que Ortega y Gasset hablara mal de los argentinos. Luego, lo predispongo a contarme sobre su elección de la literatura como vocación. Me dice que el ser y el hacer siempre fueron de la mano en su vida, ya antes de escribir le pedía a la vieja que pusiera subtítulos a sus dibujos. Pasa a relatar una anécdota en la que conoce a Borges, a Sábato y a Bioy en las ferias del libro de su niñez. Mira hacia el entrepiso. Termina por concluir: “Había una especie de mandato familiar no escrito que dictaba que yo debía ser escritor, el cual compré absolutamente y me encantó la idea… No sé quién: si mi vieja quiso, si mi viejo quiso, si mi hermana quiso, si Bioy quiso”. Es temprano para andar removiendo las ascuas psicoanalíticas, debo contenerme. Me escucho toser. “Pero realmente me di cuenta de que era escritor cuando deseché otras posibilidades de vida (…) y de que me apasionaban las partes que a nadie le gustan: corregir o pasar mil veces por la misma oración”. Habla con una voz algo pastosa que automáticamente me hace pensar que podría andar con un tremendo canuto entre los dedos sin ningún problema. Me lo imaginaba como un rebelde descarriado y sulfúrico, sin embargo, resulta ameno y responde con humor. Algo de histrionismo afeminado.

Vuelvo a arremeter con una clasificación que efectuó Sábato en uno de sus ensayos: La literatura problemática y la lúdica. ¿Pero quién carajo me creo con mis formulismos? ¿Joaquín Soler Serrano? Qué pelotudo. Por su parte, él sobrelleva la pregunta sin detenerse siquiera a pensarla. Dice que sin duda es problemática, y ríe secamente. Aunque luego aclara que el planteo es problemático, de alguna forma para purgar sus angustias, pero que lo que más le interesa a él es que el lector “flasheé”, que sus obras generen volar, trascender el problema planteado. Es interesante escuchar que habla varias veces del lector y no se detiene en el autor.

De una enmarañada e insulsa comparación que hago entre Borges-Cortázar-Sábato y Kafka-Joyce-Dostoievski, respectivamente, Enzo da una respuesta llamativa, que más tarde habría de cobrar una mayor relevancia: “Yo me considero tributario de los ideales del boom latinoamericano, en todo sentido: políticos, sociales, estéticos, temáticos”. Continúa su diatriba sentado sobre sus rodillas y rascándose la barbilla. Presta especial envergadura a la figura de Cortázar. Habla del escritor como si se le hubiera añadido a la conciencia, como un fantasma inquisidor de sus decisiones. Esto ggresulta integgresante. Se me añade ahoggra el fantasma de Coggrtazagr. Pero luego, como si recordara que hoy es el cumpleaños de un conocido, comienza a exaltar la imagen de Sara Gallardo en tanto lineamiento literario más estricto. Debo decir que Sara fue la escritora más nombrada durante toda la entrevista. Luego, la conversación vuelca hacia el circuito de satélites borgeanos, me quedo con su opinión respecto a Macedonio: Gracias, pero ya comí”.

Conocí el nombre de Enzo Maqueira en un artículo de Clarín que lo tildaba como uno de los destacados escritores argentinos del reviente. Cuando le pregunto por el mote, me dice que él se caga de risa (se caga de risa), que es comunicador social y comprende cómo funciona la ingeniería marketinera de los medios. “En el mundillo literario se armó cierto quilombo, y varios patalearon, pero yo los entendí porque muchas veces estuve de ese lado, pataleando (…) hay que tomarlo como una operación de marketing”. Maqueira parece no inmutarse por los estandartes jactanciosos que se le atribuyen. Pero, de pronto, las risas desaparecen como un eco y un aire intenso remueve sus ojos: “Es importante que la literatura vuelva a la sociedad, y que la sociedad vuelva a la literatura”. Más allá de sus movimientos fumetas que resultan amistosos y de su aspecto de punkie soft con uñas pintadas, esconde tras de sí una agudeza intelectual envidiable. Por momentos siento que su cabeza vuela: desgaja pensamientos en oraciones que resultan complejamente estructuradas y conectadas por ideas fundadas, todo de una forma veloz y precisa. Luego, desarrolla su visión respecto a la responsabilidad del escritor. Hace hincapié en el esfuerzo que debe hacerse para salir de los guetos en los que usualmente se encierran los artistas, a veces de formas narcisistas, y devolverle el arte a la gente. “Muchos escritores jóvenes luchamos para que un espacio de reflexión sobre lo contemporáneo, sobre el aquí y el ahora, llegue a la mayor cantidad de gente posible”. Lentamente, va pronosticando su ideal latinoamericanista en tiempo de flojedades continentales.

Pasamos a comentar sus libros. De Ruda Macho, destacan las influencias de Hesse y Dostoievski. Es preciso enaltecer el registro de este libro que se yergue con una pulidez poética y estética extraña en autores nacionales. De una charla no tan casual surge la cuestión católica que se haya enquistada en el libro, y de esto tiene experiencia por haber transitado durante su niñez un colegio de curas. “La culpa y la imagen virginal de la mujer fueron dos cuestiones que me costaron purgar (…) aunque también es justo destacar cierta moralidad del catolicismo”.

Luego, hacemos un breve repaso de su libro El Impostor, en donde La Náusea y el surrealismo se fusionan violentamente permitiendo ciertos desquicies psicóticos. Tendría que haber traído cervezas, lo sé. Intercambiamos alguna opinión de La Náusea. Pregunta si me gustó. No es que me haya gustado, simplemente me pareció preciso que se llamara La Náusea”.

Su último libro, Electrónica, por cuya temática tantas veces fue requerida su opinión a causa de la Time Warp, es su obra más vendida y conocida. Vuelvo a efectuar un esfuerzo ridículo para lucir erudito, como si de una competencia de escritores se tratara: vale recordar que uno escribió dos biografías de Cortázar, un libro de relatos y crónicas de putas y tres novelas; y el otro, –permitiéndome llamarme así­–, esta entrevista y algún que otro cuento malformado.

En tu última obra utilizaste una segunda voz bien tejida y de causes originales, que fue dejando un inquietante enigma de laboratorio en tu obra para sorprender a varios de tus lectores y, probablemente, a vos mismo. Cuando hablo de la segunda voz en la obra no se alarma mucho. Como si acaso hubiera repetido varias veces el casette. Debo alejarme de esto. Ahondando un poco en este libro, me dice que su intención no fue la de hacer un retrato costumbrista (cual franceses del siglo XVIII), pero que bajo el lema “Pinta tu aldea y pintarás al mundo”, terminó conformando un mosaico de cierto estamento burgués. “Cuando uno tiene las necesidades básicas cubiertas, siempre aparecen los problemas existenciales de mierda”, se afana entre unas carcajadas contagiosas. Quizá las tengamos cubiertas ahora y de eso se trata esto. Me vuelven las ganas de tomar unas cervezas, tal vez fumar un cigarrillo. Entonces, no tengo aún las necesidades básicas cubiertas. Por lo que no me encuentro frente a un problema existencial aún. O tal vez sea el único al que me voy a enfrentar.

En alguna época estuve obsesionado con encontrar mi voz, pero con el tiempo me di cuenta de que funciona mejor que cada libro tenga una propia, si no me parecería aburridísimo”. Termina por destacar la versatilidad de Vargas Llosa. La literatura en sí es experimental”.

La sexualidad explícita en sus libros aparece de forma pertinaz; a esto, sin mover mucho sus hombros y muñequeando un reloj invisible, replica: “En mis novelas los personajes comen y cagan” y cuando termina la frase se permite una risita irónica, como si el misterio fuera nulo. Presiento ínfimo y etéreo desinterés. Sin embargo, continúa –casi como conectándose nuevamente a una onda de divertimento– diciendo que los avatares elípticos de algunos autores para evadir ciertos temas, a veces, aburren.

De su carrera académica frasea que tiene una relación de amor-odio, aunque más de odio que de amor. Estudié para argumentar en contra de los periodistas (…) A mí me gustan las estrellas de rock del periodismo, como Capote, tipos con huevo”. Y aquí los tintes de responsabilidad comunicacional adquieren una diáspora trascendental. Maqueira es un comunicador que se hunde en la miseria de las extravagancias para desenfundar aunque sea una perla digna. Comenta como jocoso el recorrido por los paneles de los telediarios, en donde fue entrevistado por personajes estelares del periodismo de susurros, como Fabián Doman o Toti Pasman, a causa de las fiestas electrónicas y el uso de drogas. Se licuó con voluntad resuelta en el leviatán satelital que alimentó sus fetiches durante los noventa y fue dispuesto a dar batalla. Hice una mezcla de performance e investigación de campo (…) Fui a romper ese espacio sagrado de la televisión en donde la estupidez se acepta per se: «Acá todos somos unos imbéciles, pero a todos nos van a amar igual» (…) Ese es el sistema: la dictadura de los medios de comunicación, hay que romperlo para comenzar otra vez. Es el momento de los medios alternativos, hay algo más de conciencia que antes (…) Dios somos nosotros, es un buen momento para armar redes. Yo busco la responsabilidad política, me gusta que el intelectual sea comprometido. ¿Qué sentido tiene si no? ¿Quién te creés que sos? ¿Doman? Si hago algo que no sirve para nada, como la literatura, algo le tengo que devolver a la gente. Si me permite vivir de esto, ¿por qué no devolverlo a la sociedad?”. Al fin y al cabo no es tan difícil ser periodista, ponés un grabador y charlás un rato. La soberbia me lustra la razón.

Seguimos dialogando un rato más. Va por un vaso de agua, yo me arremolino con mis ganas de fumar. El sahumerio se desliza por la habitación como una red de hilitos, la hora de la modorra se apretuja detrás del gran ventanal. Vuelve con el vaso. Proseguimos. Siento que mi cabeza está vacía, como una levedad molesta. No encuentro pensamientos. Quizá no los tenga. Por suerte, retorna presto a proseguir la entrevista. Tenía una pregunta anotada, pero decido no franquearla puesto que puede resultar aburrida y porque, además, no la estoy encontrando en los apuntes. Mi conciencia parece replegada en un costado casi inalcanzable de dilucidar. Me encuentro en una nube de conversación:

“…tiene que ver con el divorcio muy grande que hay entre la humanidad y su estado salvaje. Nada tiene sentido y todo genera una angustia extrema; en cambio, durante la infancia no había tanta desconexión con ese estado (…) no te va a venir a buscar E.T., no vas a presenciar el fin del mundo, no vas a encontrar el amor para toda la vida, no vas a viajar al centro de la tierra…” Creo haberlo interrumpido de más. “Sucedió con nuestra generación que las fantasías eran muy reales, vos estabas en el videojuego, en el cine, en el 3D… y eso te pone la vara muy alta, acorta la distancia entre realidad e imaginación, cuando en verdad la distancia es larguísima”.

Linealmente, hablamos de Freud y Jung. Afirma que la teoría psicoanalítica debe completarse seriamente con el tema de los arquetipos. Nombro a Otto Gross, el único psicoanalista maldito. Toma una servilleta, pide que le repita el nombre y lo anota interesado.

Después de una serie de preguntas respecto a su persona y a su obra, la plática se va desmantelando por diversos tópicos. Por un segundo, me dan ganas de abofetearlo porque se dispone a bostezar. En realidad, la bronca es una compensación flagelante de mis incapacidades como entrevistador. Le digo que ya casi terminamos. Presiento que mis “claro, sí” son sus “tal cual”, muletillas imbéciles pero estrictamente necesarias para mantener el estatus quo de una conversación algo protocolar; aunque muchas veces son necesarias para completar el vacío brusco que genera el proceso de la lógica, como si fuera imperiosa la comunicación cuando se piensa frente a alguien. Tal vez, sea el miedo a quedar como un retardado. Tal vez, sean defensas de la cordura.

–Enzo, teniendo en cuenta una de las frases de los personajes de Electrónica, ¿en qué consiste actualmente la “felicidad de látex”?

–Todo lo que conlleve a que tu ego sea acariciado virtualmente, aunque sólo sea con un “me gusta”. Hoy resulta muy fácil suponer que sos querido. Es un momento en el cual todos quieren ser protagonistas, y ser amados, y figurar, y ser envidiados, y todo eso que no lleva a ningún lado.

–Claro, sí…

–Tal cual.

–¿Cuál es la relación del escritor con las redes sociales?

–Yo creo que lo favorece en cuanto a la difusión (…) hay una relación multidireccional entre la literatura y las redes sociales. Las redes lo sacan un poco al escritor de esa soledad tan típica. Antes había que ir a un bar para conocer a alguien, hoy basta con un clic. Aunque sirve mucho para generar un vínculo con tus lectores, y eso es lo más importante.

Tos. Respiración. Estornudo. Risa. Silencio.

Destaca que lo más importante del under es trabajar colectivamente y en unión con otros artistas, darle preeminencia a las nuevas fuerzas independientes que están naciendo y necesitan ser escuchadas. Parecería que su mayor deseo fuera el de alcanzarle el arte a las grandes multitudes que plácidamente se mecen aletargadas en telarañas de entretenimientos efímeros, aunque esto luzca como una ardua tarea. Pero un cierto rayo de autonomía artística se agita en su iris. Y como si de un eslabón troncal para el desarrollo sociológico de los pueblos se tratara, insiste seriamente en que “la sociedad tiene que recuperar a la literatura”.

Me voy, y por las calles suena una alarma irregular. Es probable que algún borracho sin una mano me haya pedido plata para la sube. No recuerdo haberle dado. Algunas de las frases retumban en mi cabeza. Me sorprende que Maqueira demuestre un temple pulido por el compromiso artístico-político y, además, parece empecinado en perfeccionarlo. Me fui con una certeza: los nuevos nietos del boom –quizá algo más reventados, o, si se quiere, urbanamente malditos– están dispuestos a no sucumbir en estos tiempos de adiposidades resistentes.

 

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