La influencia gringa en un pueblo Maya

La influencia gringa en un pueblo Maya

POR CYNTHIA MASETTO

Una cronista mexicana se mete en las profundidades de San Juan Chamula y se encuentra con una bebida disociada de los tiempos mayas: Coca-Cola. ¿Hasta dónde es capaz de llegar la influencia capitalista de Estados Unidos?

Algunos dicen que México es en realidad muchos “Méxicos”. Las múltiples expresiones culturales se reflejan desde los distintos ritmos musicales hasta la exquisita gastronomía. Desde los refranes populares hasta las magníficas y coloridas costumbres. En una palabra: idiosincrasia. En esta ocasión, nos adentraremos en los confines de un México antiguo: el México Maya.

Era un día lluvioso de enero y en la clase de Políticas Públicas de Salud acabábamos de repasar las diferentes ofertas de salubridad existentes en Chiapas, un estado caracterizado por una rica combinación cultural y vasta naturaleza. Sin embargo, Chiapas es de los estados más pobres y desiguales de México con una tasa altísima de mortalidad infantil (76.3 muertes por cada 100.000 nacimientos). Nos dijeron que iríamos a San Juan Chamula, pueblo encantador de descendencia maya a menos de 20 minutos de San Cristóbal de las Casas.

Al llegar al pueblo la sensación de haber viajado en una máquina del tiempo y regresar a un universo diferente fue inevitable. Un universo en donde el mundo indígena estaba vivo. Los habitantes portaban vestimenta tradicional. Las mujeres llevaban pañuelos en la cabeza y una característica falda negra de lana tejida por ellas mismas que llegaba a los tobillos. Una cinta llena de colores envolvía sus caderas. Algunas cargaban a sus hijos en la espalda con un rebozo que cruzaba por su pecho. Los hombres vestían un chaleco y algunos iban descalzos.

Nos esperaba un guía de origen Tzotzil de unos 20 años. Hablaba español y nos ayudó a comunicarnos con el pueblo. Lo primero que nos dijo fue: “Está prohibido tomal fotografías sin consentimiento previo o comportarse de manela inconveniente, visitaremos la iglesia y en todo momento nos estarán vigilando los mayoles”. Algunos de mis compañeros se quedaron asombrados y rieron incrédulos.

Llegamos a la plaza principal en donde tienen lugar los eventos más importantes del pueblo como las elecciones, reuniones políticas, ceremonias religiosas e incluso linchamientos (sí, está permitido esto). Al fondo de la plaza estaba la iglesia más impresionante y diferente que haya visto antes. Era sobria, blanca y tenía un gran portón de madera  pintado por múltiples figuras de naturaleza típica: flores, maíz, hojas de diferentes colores. Si la ves puede parecer una iglesia común, pero la deferencia radica en su diseño tan pintoresco. Nuestra idea cambiaba conforme nos íbamos acercando a ésta. Al llegar el guía nos abrió el portón (que siempre tiene que estar cerrado) y nos dijo que guardáramos silencio. No lo podía creer. El interior de la iglesia estaba iluminado únicamente por velas. Me vi envuelta en un aire misterioso que se reforzaba con el olor del copal y de la mirra. No había sillas; el piso estaba alfombrado con juncia y hojas de palma. Los fieles asistían con capas de brocados, un espejo en el pecho (para la sanidad), una gallina, una Coca-Cola de dos litros y una botella de “Pox”, que es el aguardiente ceremonial.

Por momentos, me sentí perdida en esta fusión de tradiciones. Los fieles bebían Coca-Cola y Pox para ponerse en contacto con los espíritus de los santos. Las mujeres cantaban en un léxico que no lograba entender, a la vez que frotaban la gallina alrededor de los enfermos o los desesperanzados. El guía explicaba los rituales y, al fondo, un hombre yacía con los ojos en blanco.

Dentro de esta combinación de culturas, no pude dejar de notar que San Benito, que es su santo, estaba rodeado de luces navideñas que dibujaban un Santa Claus, mientras sonaba “jingle bells” por los corredores de la iglesia. ¿Por qué un pueblo que no acepta ningún tipo de intercambio con el exterior escucha “jingle bells”, bebe Coca-Cola en sus rituales y conoce la viva imagen de Santa Claus? ¿Será que ni en los lugares más aislados podemos salvarnos de la influencia de los gringos? Esas preguntas siguieron en mi mente incluso después de finalizar el recorrido.

Vivimos en un mundo globalizado donde empresas como Coca-Cola pueden alcanzar los lugares más alejados y escondidos; donde el refresco es más barato que el agua potable. El punto es que no podemos escapar a la relación con nuestro vecino del norte, algunos dirán que ya muy desgastada, la cual puede traspasar barreras del tiempo y llegar hasta los lugares más inimaginables.

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