La muerte posmoderna

La muerte posmoderna

POR MATÍAS MEDICI

Cinco chicos mueren en una fiesta electrónica y nuestras mentes hilvanan una serie de irresponsabilidades sociales y políticas. Este artículo intenta desentramar la tragedia de una sociedad diezmada.

A propósito de la Time Warp y sus lamentables sucesos, nos hemos dedicado a explorar, cual si se tratara de un juego de mesa de espías, las culpabilidades de los responsables. Por supuesto es que mentadas inquisiciones se imponen desde el LED y todos sus programas de la tarde-noche que nos invitan a ser melodramáticos espectadores “activos” (¿?) en discusiones que se envanecen de seriedad pero que amenazan de vacuidad. Sin mencionar las irrisorias prohibiciones con las que se cachondearon algunos: si quieren erradicar la falopa, más fácil sería clausurar el congreso: allí la consumen, allí la ignoran y allí abren los caminos del narcotráfico. Que si hubo zona liberada, que si estuvo presente el gobierno nacional, el provincial o si es todo atribuible a los organizadores. Y eso nos permite seguir un expediente virtual con los detalles de los periodistas judiciales. Mi misión no es sentenciar, pero, como a cualquier citadino corriente, me encantaría responsabilizar a todos y a cada uno de los presuntos perpetradores de la muerte de los cinco pibes: desde el gobierno, la prefectura, los narcos, los coimeros y los nombres continuarían un largo rato. Sin embargo, considero que el análisis requiere de otra perspectiva para que a nosotros –los legos– nos sirva de algo. Dejemos que los reptiles se devoren entre ellos, pues que este es su destino –como diría Ivan Karamazov–; ya sus pieles se desecarán en nuestros televisores. Que armen sus hermosos mamotretos justificadores, que los edulcoren un poco y que nos los vendan en cada puesto de diario, en cada tuit y en cada punto de rating.

Pienso que el debate no es sólo político, no es sólo judicial y principalmente, no es sólo de estupefacientes, por lo que no me detendré en dichos pormenores. En una primera aproximación podría encontrar algunos vericuetos generacionales. La posmodernidad ha desplegado todo su hálito y ha llegado al punto de amenazar con su perpetuidad. Es hora de que asumamos nuestro sentido culposo por pertenecer a un cúmulo de seres sociales que responden a una estructura social superior que se ha beneficiado sórdidamente con nuestros raptos egoístas, lógicamente estimulados por sus venenosos enviones. Hoy en día parece más vigente que nunca la paranoia profética de Huxley y su Mundo Feliz. De la generación anterior hemos tomado una de sus peores obsesiones, tal es el sentido utilitario del empleo. Aunque, al menos, hemos logrado morigerar la confianza casi mística y redentora de tal “dignificante” actividad. No obstante, seguimos empecinados en cumplir casi punto por punto nuestro rol de castas. Los alfas, los betas, los gammas, los deltas y los epsilones siempre cumpliendo con las imposiciones hipnopédicas que definen nuestro accionar diariamente. Que nos dicen a qué hora tenemos que acudir a la rutina, con qué clientes relacionarnos, que es mejor el plazo fijo, cómo soportar el tráfico, la obra social, los aumentos en las tarifas. Quizás hoy en día seamos levemente capaces de cuestionar algunas, pero nuestra gran obstrucción radica en nuestra incapacidad de acción. Entonces somos compensados con ingrávidas vacaciones de soma que validan nuestras inhibiciones emocionales y nuestros profundos temores a quedar varados fuera de la pecera fordista que nos contiene, que nos asegura una felicidad ingenua. Si no hay mayor motivo nos enfrascamos en adornados subterfugios como las redes sociales, el enfrentamiento político, la cancha, el Iphone, alguna pastillita, el happy hour.

El relativismo y el subjetivismo conceptual han tejido su peor versión, en verdad su versión más letal. Las canalizaciones consumistas e individualistas se yerguen como fortalezas irremplazables, como los placeres neumáticos con los cuales configuramos la oclusión motora que entorpece la espiritualidad: hemos perdido la templanza para la contemplación, la mesura para el detenimiento; todo se mueve borroso en el sentido inmediato de nuestra satisfacción que se agota en un santiamén, con un solo clic; sí, en definitiva, es fácil ser “algo” hoy y obtener “algo” hoy. Los portales de los diarios nos atosigan con noticias del tipo “Los consejos de la China Suárez para adelgazar” o “¿Qué insultos reciben los panelistas de Ángel de Brito en las redes sociales?”. No hay espacio para una construcción de conciencia seria, para un esfuerzo y una entrega hacia los ideales. Nos tornamos expansivamente individualistas e introvertidamente sociales. Lo importante es que no nos jodan en la calle, eliminando por ende toda sensibilización humana. Y asimismo gozamos fervientemente con el apoyomegusta del prójimo en nuestro micromundo virtual.

Sin embargo, este panorama existencial sin patas puede otorgar una oportunidad histórica única. ¿Entonces, cómo resistir? El Dios muerto se terminó de desangrar en las alcantarillas dogmáticas. Ya desconfiamos de los lobizones que manejan las instituciones y que jocosamente discuten en nuestras narices sobre mayores o menores porciones de corrupción. Ya el existencialismo de doping ha demostrado falencias y estancamientos espirituales (“Falopas duras en tipos blandos ahuecan corazones”, cantó el Indio). Ya las armas han mojado su pólvora ridícula en los pabellones de fusilamientos sin sentido. “Sólo el amor salvará al mundo” es una linda frase de subte o para una película con Morgan Freeman. Es la gran oportunidad para que muy lenta y trabajosamente nos volvamos introvertidamente individualistas y extravertidamente solidarios. Es la oportunidad para abandonar la vanidad y la claustrofobia ideológica. Es el momento del idealismo. El idealismo en el que cada uno busque su idea perfectible y sólo a esta se entregue, con responsabilidad existencial, superando cualquier tendencia del tipo biológica a la cual Ingenieros le otorgó cierto primor. El idealismo se puede democratizar. Es ocasión para que todas las sutilezas relativistas terminen por hacernos hallar nuestra propia verdad, virtud o belleza, y que no solamente constituyan armas de crítica hacia las demás verdades. Quizá durante el extenso prólogo terroso resulte que la resistencia luzca como “pasar inadvertidos”, pero es época para que la conciencia se torne revolucionaria. La estimulación, el ágora humilde, el arte, la crítica, la des-banalización, la explotación de la tecnología; bastiones todos que pueden ayudar. La información está abierta y extendida sobre la calle, dispuesta a ser absorbida. Es hora de reinterpretar el nihilismo y reencausar al superhombre. Es tiempo para que las ovejas abandonen disimuladamente los rebaños y se transformen en verdaderos lobos, en auténticos pastores. Desmasificarnos para expandirnos mejor, y entonces los gorriones de fuego sobrevolarán a otros nidos, probablemente vacíos. No es casualidad que Huxley haya labrado un prólogo a su obra maestra en una de sus últimas ediciones rescatando la esperanza de la cordura en el salvaje. Entonces quizá –impregnando algo de lógica y sentimentalismo a este materialismo de revista–, aparezcan fotos de los que antes usufructuaban nuestras decisiones, muertos en un boliche gargajeando espuma de impotencia salvífica.

 

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Un comentario en “La muerte posmoderna

  1. Por Ahora, tristemente querido idealista, la cordura se disuelve en la mirada de un cuerpo q nos ve a traves de fotos q mas no sirven para enfrentar a las masas hambrientas de un soma obscenamente masoca individualista ,como bien decis , horrorosamente incensible sadico como una turbe hipnotizada.

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