El otro fin

El otro fin

POR FACUNDO ULLMANN

Muertes e intertextualidades en la literatura Gauchesca. En su cuento El fin, Borges retoma el Martin Fierro para confirmar que en la literatura, la vida de los gauchos se debate siempre en un duelo con la muerte.

En una pieza de hotel, hacia mil ochocientos sesenta y tantos, un hombre soñó una pelea: un gaucho alza a un moreno con el cuchillo, lo tira como un saco de huesos, lo ve agonizar y morir, se agacha para limpiar el acero, desata su caballo y monta despacio para que no piensen que huye. Esta historia violenta evoca el origen mítico de la literatura gauchesca. Un inicio trágico que determina los cursos de los personajes y las historias posteriores. Aquello que fue una vez volverá a ser, infinitamente.

Siete años más tarde, sin embargo, Hernandez decidió torcer el destino de Fierro. El viejo gaucho matrero, en su regreso del desierto salvaje, se enfrenta con el hermano del moreno y entablan una larga payada de contrapunto. Entre el sonido de las cuerdas recuerdan el combate épico y se desafían, pero esta vez Fierro decide no pelear. Ahora es un gaucho dócil y temeroso, preocupado por los valores de la civilización y el futuro de sus hijos. Desde esa noche, Martín Fierro modificó la rueda (implacable) de la fortuna y dejó de ser Martín Fierro. Debió pasar un buen tiempo para recuperar su estirpe valiente y agresiva.

En 1944 Borges publica “El fin” y reacomoda el relato. Allí, Fierro vuelve orgulloso a cumplir su deuda de sangre y provocar el duelo de muerte. El hermano del negro lo esperaba abatido en una pulpería rasgueando una guitarra. Hasta que un día la llanura los acercó nuevamente.

Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.

El otro, con voz áspera, replicó:

Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido.

Fierro regresa para asumir su verdadero propósito y liquidar al negro. Así respondió debidamente a la llamada de su destino. Se desafían, y en el gaucho no había ya temor sino coraje y bravura. Los dos se dirigen a la puerta, caminan unos pasos y el moreno, antes de sacar su cuchillo, le dice:

Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga toda su maña, como en aquel otro hace siete años, cuando mató a mi hermano.

Martín Fierro se cargó de odio con esas palabras. Lanzó su primera embestida y lastimó rápido al negro con el acero en la cara. Un desenlace fatal inundó de ira su corazón. De golpe, el tiempo se detuvo y precipitó el final. El negro reculó, volteó y con sólo dos puñalazos reventó a Fierro. Permaneció un rato atento e inmóvil sobre su cadáver, “limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás”.

El hermano del moreno terminó con Fierro de forma idéntica al primer duelo. Nada de gauchos tiernos ni negros arrepentidos, nada de figuras distorsionadas por los valores morales; el relato de Borges vuelve a colocar a ambos personajes en la senda de su destino trágico. “El fin” es la clausura de la operación de Hernandez para embellecer a la gauchesca, y la restitución de su origen mítico-violento. Aquello que fue una vez vuelve a ser, infinitamente.

La apuesta más importante de Borges, sin embargo, es metafísica. Muerto Fierro, se construye un nuevo puente hacia la realidad. Aquella pelea eludida entre el gaucho y el moreno deja de ser una fantasía literaria y se proyecta en el espacio. Un espacio peligroso y confuso, plagado de incidentes infaustos, que nos revela la sombra siempre furtiva de la muerte.

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