EL OJO EN LA TORMENTA

EL OJO EN LA TORMENTA

POR MILAGROS MON

El agua puede inspirarte pero también puede destruirte. La lluvia como conflicto de clases: visiones sobre la tormenta en dos mundos paralelos.

Afuera llueve. No garua, no gotea. Llueve. Llueve desenfrenadamente. Con truenos, con relámpagos, con gotas pesadas que pegan cachetadas en el asfalto. La ciudad está plagada de agua. El cielo ruge, grita, se enoja, nos putea. La fulana manda un mensaje que invita a practicar mil poses sexuales, porque la lluvia es el telón de fondo ideal para meterse en la cama. Alguien dice que es un buen día para mirar series importadas, otro comenta que hay que taparse hasta el cuello y comer mucho chocolate mirando películas pochocleras “de domingo”. La lluvia se nos presenta como condimento ideal para los pequeños placeres cotidianos, nuestro imaginario se carga de esas imágenes y se nos vuelve carne, placer. No sabemos cómo ni cuando empezamos a asociar el agua caída del cielo a estos actos mundanos, pero lo enlazamos, lo atamos, lo anudamos. Y ahora sí, en cada gota sentimos las ganas de reproducirlo, de reproducirnos agarrados, sujetados a esos sucesos. Cada gota nos suena a pijama y pantufla, a olor a café. Nuestras redes sociales se plagan de “amigos” que piensan lo mismo, que  quieren lo mismo y disfrutan la lluvia de la misma curiosa manera.

Afuera llueve. No garua, no gotea. Llueve. Llueve desenfrenadamente. Con truenos, con gotas pesadas que le pegan al…. No, no hay asfalto. Afuera llueve y la calle de tierra que nos separa del vecino muta, se vuelve barro, tierra mojada, se vuelve arena movediza, de esa que pisamos y nos hace resbalar.  No hay cemento o adoquín donde el agua pueda golpear enfurecida, sino tierra donde fundirse para ser otra, para dejar de ser.

Las gotas potentes, que no pueden encontrar en el suelo su descarga, le pegan a la chapa del techo como maldiciendo. El sonido es rabioso y constante. No da tregua. Nos tapamos los oídos, le decimos a la nena que no se asuste, que ya va a parar. Ponemos una olla para cubrir ese agujerito entre una chapa y otra para que no se nos moje todo el piso. Volvemos a la nena y le tapamos los oídos mientras llora… “quedate tranquila”. Desde ahí, reunidos alrededor de la mesa mirándonos las caras en el medio de la penumbra que nos dejó el corte de luz, el diluvio universal viene para recordarnos que no somos los salvados. No habrá arcas, ni barcos, ni balsas. No habrá viaje. Fuimos los pecadores de la casilla de chapa y la calle de tierra. Fuimos muy poco meritócratas para ser dignos de esa salvación olor a café. Dios volvió a olvidarse de nosotros. No hay tele a la cual subirle el volumen, porque acá la lluvia no es un dulce telón de fondo sino protagonista principal de este recital punk rock que en cada golpe nos está quemando la cabeza. Son las tres, las cuatro, las cinco de la mañana y los ojos siguen abiertos porque la nena asustada me sigue abrazando, y lo hará hasta que la lluvia pare. Cuando nos levantemos mañana la nena dormirá hasta el mediodía todo lo que no pudo descansar la noche anterior. No habrá colegio, sino barro. Ir a comprarle la leche a la vuelta será la odisea de la jornada, zigzagueando los tramos inundados, esquivando los charcos de barro y haciendo malabares para no patinar. Por el tema de la luz tendremos que esperar un poco más, vaya uno a saber cuánto.

Dibujo: William Kentridge – serie “Fortuna”

Lluvia como disfrute y molestia. Lluvia como conflicto, como frontera, como tensión. Lluvia como gusto de clase. Lluvia como martirio, como padecimiento. Sentido social de nuestros gustos que no se anclan en subjetividades individuales, sino en ese terreno colectivo que se afirma en la materialidad de nuestras vidas: desde la chapa hasta el cemento, desde el barro hasta el asfalto. Pienso cuáles son los condicionantes que se entretejen en nuestros pequeños disfrutes, pienso cuál es el rol de la industria cultural cuando nos puso en esa escena romántica gotas de fondo y amantes a la luz de las velas en una noche lluviosa.

Lluvia como naturaleza vuelta conflicto a la luz de nuestra sucia civilización manchada, tan manchada de capitalismo. Lluvia como grito, el cielo re-significado frontera por la crueldad de las desigualdades que nos transitan. Lluvia como chance de habitarnos en otros, de pensarnos otros en nuestros momentos de disfrute. Lluvia como camino de salida, de desestructura de nuestros gustos, de desencaje de nuestros placeres. Lluvia como punto de fuga de nuestros yoes. Lluvia como acontecimiento, como posibilidad de salida de esa cárcel de pantuflas y sillón, esa prisión de café y cuatro paredes, ese encierro tan cruento que somos nosotros mismos.

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