Cuando un cuerpo no termina con la posverdad

Cuando un cuerpo no termina con la posverdad

POR LUZ AILÍN BÁEZ
ILUSTRACIÓN MAYRA RAMOS

Santiago Maldonado no podía seguir desaparecido. No en Argentina. No con el Estado como principal sospechoso. Con su caso, los medios nos llevaron por “el pueblo de los mil Maldonados” para luego hundirnos en la profundidad oscura de quien tiene como certeza un cuerpo frío. ¿Cómo es morir en tiempos de posverdades?

“—¿Ve eso? —susurró Granger—. Ha de tratarse de usted. Al final de esa calle, está nuestra víctima. ¿Ve cómo se acerca nuestra cámara? Prepara la escena. Intriga. Un plano largo. (…) En la pantalla, un hombre dobló una esquina. De pronto, el Sabueso Mecánico entró en el campo visual. El helicóptero lanzó una docena de brillantes haces luminosos que construyeron como una jaula alrededor del hombre. Una voz gritó:

—¡Ahí está Montag! ¡La persecución ha terminado!

El inocente permaneció atónito; un cigarrillo ardía en una de sus manos. Se quedó mirando al Sabueso, sin saber qué era aquello. Probablemente, nunca llegó a saberlo. Levantó la mirada hacia el cielo y hacia el sonido de las sirenas. Las cámaras se precipitaron hacia el suelo. El Sabueso saltó en el aire con un ritmo y una precisión que resultaban increíblemente bellos. Su aguja asomó. Permaneció inmóvil un momento, como para dar al inmenso público tiempo para apreciarlo todo: la mirada de terror en el rostro de la víctima, la calle vacía, el animal de acero, semejante a un proyectil alcanzando el blanco.

—¡Montag, no te muevas! —gritó una voz desde el Cielo.

La cámara cayó sobre la víctima, como había hecho el Sabueso. Ambos le alcanzaron simultáneamente. El hombre fue inmovilizado por el Sabueso y la cámara chilló. Chilló. ¡Chilló! Oscuridad. Silencio. Negrura. Montag gritó en el silencio y se volvió. Silencio.

Y, luego, tras una pausa de los hombres sentados alrededor del fuego, con los rostros inexpresivos, en la pantalla oscura un anunciador dijo:

—La persecución ha terminado, Montag ha muerto, Ha sido vengado un crimen contra la sociedad. Ahora, nos trasladamos al Salón Estelar del «Hotel Lux», para un programa de media hora antes del amanecer, emisión que…

Granger apagó el televisor.

—No han enfocado el rostro del hombre. ¿Se ha fijado? Ni su mejor amigo podría decir si se trataba de usted. Lo han presentado lo bastante confuso para que la imaginación hiciera el resto. Diablos —murmuró—. Diablos…

Montag no habló, pero, luego, volviendo la cabeza, permaneció sentado con la mirada fija en la negra pantalla, tembloroso. Granger tocó a Montag en un brazo.

—Bienvenido de entre los muertos”.

 

INEXORABLE

El pasaje del comienzo pertenece a Fahrenheit 451, novela de ficción científica de Ray Bradbury. En ella, Montag, el protagonista, asiste atónito a la televisación de una persecución que termina con su supuesta captura y muerte. “Bienvenido de entre los muertos”, ironizan los que están con él. Para todos los televidentes en aquella novela, Montag ha muerto. Se ha hecho justicia.

Bradbury describía, hacia 1953, un fenómeno que 40 años después pasaría a tener nombre propio. Según el Diccionario Oxford, el término posverdad (post-truth, en inglés) aparecía por vez primera en un ensayo del dramaturgo serbio-estadounidense Steve Tesich en la revista The Nation. A propósito del escándalo Watergate y la Guerra del Golfo, el autor expresaba que “Nosotros, como pueblo libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en algún mundo de posverdad”. Parece no haber escapatoria: la palabra está instalada como un must epocal. Ningún comunicador que se precie de serlo puede saltearse a la posverdad —la gran estrella de estos tiem-pos— para destrozarla o echarle flores. Reconocida por el diccionario inglés como “la palabra del año” en 2016, y a ser incorporada en diciembre de 2017 al diccionario de la Real Academia Española, la posverdad​ o mentira emotiva es un neologismo​ que describe la situación en la cual “a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales”. Es decir: pone nombre y apellido a una situación con la que ha tenido que lidiar el periodismo desde sus comienzos: la de la construcción de los acontecimientos como noticias. Aquello que ha sido real se convierte en relato.

 

El pasado 17 de octubre, a horas de que la noticia del hallazgo de un cuerpo flotando en el río Chubut sacudiera al país, la funcionaria pública Elisa “Lilita” Carrió, decía:

“No se puede cascotear a un Estado que encontró el cuerpo”, dando por descontado que se trataba de Santiago Maldonado aún cuando aquello no estaba confirmado oficialmente y defendiendo la actuación del gobierno pese a que dicho cuerpo había sido encontrado 78 días después del operativo de Gendarmería a escasos 300 metros de donde se había producido la represión. Montag, nuestro personaje de ficción, debía morir, aunque sea de forma mediática. La ansiedad de quienes seguían su historia de fugitivo desde el inicio —me permito obviar las razones por la cuales estaba fugitivo para mermar el acto spoiler— debía ser aplacada. Santiago Maldonado no podía seguir desaparecido. No en Argentina. No con el Estado como principal sospechoso.

¿Estaban todos en vilo? ¿Querían saber a dónde estaba Santiago? Ahí lo tienen. “El espectáculo se ofrece como mundo”, sostenía con trágica lucidez Guy Debord en El juego de lo posible. Un mundo que sólo puede mostrarse en toda su amplitud de la mano de los medios masivos de comunicación: en la novela de Bradbury las tomas de cámaras marcan el ritmo del relato. Nosotros, espectadores, estamos ahí en vivo en el momento de la captura y asesinato del fugitivo. Con el Caso Maldonado, los medios nos llevaron por “el pueblo de los mil Maldonados” y hasta por una peluquería donde se habría cortado las rastas Santiago —no sin antes dudar de su existencia y negar su participación en el corte de la ruta 40—, para luego hundirnos en la profundidad oscura de quien tiene como certeza un cuerpo frío.

CUERPO

La aparición del cuerpo de Santiago respondía, de la peor manera, a la pregunta que había estado en boca de miles. “Si hay cuerpo, no hay posverdad”, sostenía Alejandro Grimson en una excelente nota que escribió para Revista Anfibia. “El cuerpo de Santiago hablará”, se jactaba la propia Carrió el mismo día del hallazgo. “Habló la ciencia y se acabó la ideología”, titularon desde el diario Infobae.

Pese a que los resultados son parciales y restan 14 días para dar por concluido el peritaje, el juez anuncia por los medios, casi en cadena nacional, que “no hay lesiones en el cuerpo”. La aseveración se repite, incansablemente, horas antes de las elecciones legislativas. Como si de una frase a completar se tratara, comunicadores de televisión, radio y gráficos cierran el círculo, las palabras se suceden, las pantallas se llenan de expertos en criminología, forenses, opinólogos y panelistas que desde el hablemos sin saber abonan el discurso que cuadra al cuadro gubernamental: Santiago se ahogó, o mejor… se tiró al río. Gendarmería y la Ministra, libres de culpa. Si alguna existe, la tienen los mapuches, por no ayudar a su compañero. Lejos de la memoria quedan casos emblemáticos como el del soldado Carrasco, cuyo cuerpo, hallado en medio del campo, en realidad había estado escondido más de 20 días en el cuartel del ejército donde realizaba el Servicio Militar Obligatorio y luego fue trasladado, justo antes de reportar su aparición, en 1994; el de Sebastián Bordón, hallado sin vida en 1997 en un barranco del río Atuel y cuyas pericias demostraron que había agonizado durante varios días, en un lugar nunca precisado hasta que murió de hambre y sed tras una brutal golpiza propiciada por policías de Mendoza; y el caso de Franco Casco, desaparecido en 2015 durante 23 días para aparecer luego muerto en el Río Paraná y cuyas primeras autopsias negaban que hubiesen signos de violencia. Los tres asesinados por fuerzas de seguridad. ¿Y los medios masivos? Echando leña a las diferentes versiones, usando las palabras como arma dilatadora de la justicia.

A partir del primer informe pericial oficial, como naipes se acumulan las dilucidaciones, formando un nuevo relato de los acontecimientos: un nuevo castillo discursivo. El Sabueso asesinó a Montag. Los mapuches dejaron morir a Santiago. Su cuerpo no puede con la maquinaria de la posverdad. El potencial de la retórica para tornar real lo imaginario, para trocar en real lo falso, lo parcial en total, corporiza de manera nefasta la frase del ministro de Propaganda nazi, Joseph Goebbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Con todo, seguiremos diciendo: A Santiago se lo llevó Gendarmería. El Estado es responsable y los grandes medios hegemónicos de comunicación, cómplices. Seguiremos gritando Justicia por Santiago. Es necesario.

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